La hija de mi padre

Hoy es el día en que todos salen a pelear con sus amigos por el derecho de su papá al título del mejor papá del mundo, pues bueno, yo no quiero entrar en esa lucha. La verdad es que mi padre no ha sido el mejor, de hecho se ha equivocado muchas veces.

Siendo hija de padres divorciados, de niña solía tener más tiempo con mi papá los domingos. Recuerdo que me llevaba a un lugar en Tipitapa donde me montaba en un pony. La oferta de diversión en los principios de los 90s en Managua no era muy variada, así es que mi papá se las ingeniaba para mantenerme entretenida.

A pesar de que el “permiso” de visita era solo los domingos, mi papá siempre estuvo presente. Me llamaba todos los días por teléfono y llegaba por las noches a visitarme. ¿Para qué voy a mentirles?, desde niña mi papá ha sido mi favorito, como lo dice y resiente mi madre. Siempre tuvimos una complicidad única, estamos conectados de tal forma que hasta casi nazco el mismo día de su cumpleaños pero como siempre, encontré una forma de rebelarme y salir el día siguiente, aunque eso casi mata a mi mamá (pero eso se los cuento otro día).

Nunca se me olvida que una vez fui a la venta y como todo otro niño que conocía, me quedé con el vuelto que eran 2 pesos. Al llegar a la casa mi papa me pregunta por el vuelto y le respondí “solo son dos pesos”, cual fue mi susto cuando lo veo alterado tal cual si fueran mil, reclamando por su dinero. “¡Devolveme mi dinero, ladrona! ¡Sos una ladrona!” y pues ahí fue mi primera lección de honradez. Nunca más se me ocurrió robarle ni dos pesos ni mucho menos el dinero de la universidad o cualquier otra cosa, porque como todo contador siempre pedía los recibos.

Mi padre tenía una forma peculiar de hablarnos, siempre nos habló como adultos. Nunca entendí por qué él no era como el papá de mis amigo/as. Yo no crecí escuchando que yo era especial, de hecho siempre me bromeaba diciéndome que era una “flaca sin gracia”. No acostumbró a darnos regalos por las buenas notas porque “esa es tu responsabilidad, no te tengo que dar las gracias por algo que solo a vos te beneficia”.

Desde pequeña, si yo no quería ir a clases simplemente no iba. Mi papá tocaba la puerta de mi cuarto para despertarme:

  • ¿Vas a ir a clases?
  • Me siento enferma
  • Está bien, no vayás pero ya sabés que si no vas porque tenés examen y no has estudiado no sé cómo vas a hacer porque si sacás malas notas, te cachimbeo.

Dos fajazos por los 70s y uno por los 80s, las malas notas no eran permitidas en mi casa, así como tampoco se me permitía siquiera hacer algún quehacer. Mi papá siempre nos dijo “si no les gusta limpiar ni hacer las cosas de las casa, tienen que estudiar para poder pagarle a alguien que si lo quiera hacer”.

Nunca nos faltó nada pero tampoco vivimos con lujos porque “es mejor ser rico en un barrio de pobres que pobres en un barrio de ricos” y cada vez que se me ocurría alguna locurita de exigencia mi papa se alegraba de recordarme nuestra realidad.

Como la vez que se me ocurrió que quería un cuadraciclo para andar en mi cuadra y se lo pedí a mi papá. Cada vez que recuerdo lo que me respondió me río de su ingeniosa y certera respuesta: “Vivimos en un barrio ¿querés que te asalten?”. No tuve argumentos para insistir.

A medida que fui creciendo nuestra relación fue cambiando, cuando llegué a la adolescencia, la rebeldía me pegó duro. Hasta ahora todavía no sé si fue eso o mi simple costumbre de cuestionar todo. Me expulsaron del colegio de monjas, dejé clases por primera vez , me escapaba del colegio, decía que iba a estudiar pero andaba con el novio y mi papá no hallaba qué hacer conmigo.

Llega el momento de ir a a universidad y yo quería estudiar comunicación pero mi papá pensaba que lo mejor era que estudiara contabilidad, así es que una vez matriculada decidí castigarlo no entrando a clases y yendo desde las 9am a la ventecita. Aún con todo el trabajo que tenía, él siempre estaba pendiente de llamarme todas las tardes hasta 21 veces si fuera necesario, hasta que le contestara o hasta que supiera que estaba en mi casa.

Comencé a trabajar para poder pagarme la carrera de mercadeo que me apasionaba pero nunca terminé, me obsesioné por mi trabajo y decidí irme de mi casa.

  • Ya me voy, papa
  • La vida es dura y te vas a dar cuenta en la calle.

Durante este tiempo que hice perder mucho dinero a mi papá, me di vuelta en mi carro y me llené de deudas que mi papá terminó pagando. Ese hombre con temple fuerte, dentro de su frustración comenzó a mostrar ese lado sensible al no saber qué iba a pasar con su hijita.

Ahí, en eso momento vulnerable cuando ambos sentimos que estábamos a punto de perdernos, aceptamos inconscientemente nuestros errores y nos vimos como humanos, como amigos. Comenzamos a conocernos y reconocernos hasta convertirnos en cómplices y mejores amigos.

No estoy orgullosa de lo que fui. Veo hacía atrás y creo que fui una hija terrible, tal cual como en mi adolescencia, pensé que mi padre lo era.

Ciertamente, cometí muchos errores pero ninguno de ellos me hizo crecer tanto como los errores de mi padre.

Puede que todo lo que les conté hoy les suene diferente a como ustedes crecieron y es por eso que no pretendo ganar el título más anhelado del día, porque en mi corazón sé que a pesar que mi padre no fue el mejor, lo intentó todo el tiempo.

No sé qué sería de mi, si mi padre se hubiera dado por vencido. No hubiera aprendido a ser honrada o responsable. A entender que no me merezco nada, a hacerme cargo por las decisiones que tomo y esforzarme por lo que quiero; y aún cuando sienta que lo he logrado todo, debo de ser humilde.

Yo le agradezco papá (por si está leyendo esto), que a pesar que la calle es dura, siempre estuvo conmigo. ¡Gracias por darnos una segunda oportunidad!

Lo amo tanto o más, que cuando me montaba en el pony y comíamos quesillo.

Por siempre será el amor de mi vida.

4 comentarios sobre “La hija de mi padre

  1. Excelente! La mejor manera de compartir contenido en un blog es ser totalmente auténtica. No te conozco pero desde ya me caes muy bien. Te felicito también por tu papá 🙂

  2. Sobrina, primera ves que veo y leo esto tan lindo que me senti dichoso por la hija que tiene mi hermano que le expresa cuanto lo quiere, lo extraña y expresas los momentos de la vida junto a El.
    Te quiero mucho sobrina. Abrazos

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